Zazen

ZAZEN LA MEDITACION ZEN
(SENTARSE Y SENTIRSE)
Lunes 21:30 a 22:30

en YOGASHALAMARBELLA c/ Jacinto Benavente,21 LOCAL 20. (Entrada por C/Calvario frente al hotel Baviera)

20 de agosto de 2011

Ecuanimidad (upeka)




No rechazo, no apego, no indiferencia. ¿Qué significa esto?

Se entiende como ecuanimidad a la práctica del equilibrio emocional. Los humanos somos como funambulistas de circo, tratando de mantenernos erguidos y estables sobre el cordel de la mente (pensamiento, emociones, sensaciones…) El meditador tiene en cuenta que los tres venenos (avidez, odio e ignorancia) son simples contaminaciones mentales que surgen de una mente inestable.

¿Dónde está el secreto de la ecuanimidad? Ante nuestros propios ojos: es una cuestión de práctica continuada. Si estamos demasiado cerca de lo que está aconteciendo ante nosotros, nos podremos quemar; si estamos demasiado lejos, lo podremos perder. Apego y rechazo son dos movimientos emocionales condicionados e inconscientes, a veces, impulsados por instintos muy primitivos que aún se manifiestan en nosotros. Por ello, se trata de contemplar tranquilamente cada uno de nuestros impulsos y deseos en cada área de la vida. Veremos así que aquello que observamos, se manifiesta a veces como gozo y en otras ocasiones como fracaso; a veces como ganancia, a veces como pérdida. Ya dijo Dôgen zenji: “Aunque ames la flores, éstas terminan por marchitarse; aunque las odies, las malas hierbas, crecen”.

Les propongo que tomen como punto de partida, como hipótesis de trabajo, la experiencia de anattā (en pāḷi:), esto es, la ausencia de identidad personal (Insustancialidad. No-yo. Carencia de un yo perdurable. Carencia de una existencia intrínseca) algo que ya realizó el mismo Budha, como bien sabemos, otro ser humano, idéntico a cualquiera de nosotros, que también deambulaba entre sus idas y venidas. No es un dios para adorar, sino un orientador de la experiencia despierta.

Otra de las claves de esta práctica de la ecuanimidad pasa por admitir la realidad de la impermanencia. Evidentemente, nos resistimos a ello, pero no nos queda otra salida, más bien, es la única alternativa que tenemos, si realmente queremos ser felices dentro de este universo en constante mutación. Ya dijo Shakespeare:

"Estamos hechos de la misma materia que los sueños
y nuestra pequeña vida termina durmiendo."

Sin embargo, las resistencias forman parte del yo condicionado, son la herramienta más poderosa que tiene el “ego” para perpetuarse a sí mismo. Las resistencias,  expresadas en sus más variadas formas, son contrarias a la práctica de la ecuanimidad. Cualquier tipo de fijaciones no hacen más que entorpecer el dinamismo natural de la vida.

Por el contrario, si somos capaces de practicar la ecuanimidad en la que todo es visto y aceptado tal cual es, estaremos mucho más cerca de sentirnos bien y mejor a cada instante. Se trata de aprender a fluir y adaptarse. Mantenemos una actitud de vigilancia relajada de nuestras pasiones-emociones y observamos el oleaje (a veces suave, a veces intenso) que entretiene nuestro corazón. Para que el equilibrio tenga lugar, el meditador no se detiene en ningún contenido, no alimenta la experiencia agradable o deleitosa, por mucho que sea sublime, no juzga bajo bien y mal, ni tampoco el rechazo, el rencor o la ira por mucho que surjan con fuerza. Ni tampoco  la indiferencia, que es una emoción aunque no lo parezca. El practicante no se  detiene. Si lo hace, caerá, así caiga del lado de la luz o de la sombra. Es decir, así experimente estados placenteros o dolorosos. No obstante cuando caemos, lo reconocemos y sencillamente aceptamos (paciencia) que hemos caído, y sin orgullo ni humillación nos levantamos y seguimos caminando por el cordel. Si te caes siete veces, levántate ocho.

Cuando un ser humano se adiestra en esta práctica y se mantiene en equilibrio sobre el cordel de la mente, experimenta la emoción de la pura libertad, esto es, la ecuanimidad. La ecuanimidad es la sonrisa misteriosa que nos nace del fondo del ser cuando todo se ha perdido y seguimos caminando, no nos detenemos, hay otras vivencias que vivir. Fluir y adaptarse, una excelente receta para ser feliz.

Esta emocionalidad sublime implica un grado de presencia y de observación, de desidentificación de todo lo que surge. Parafraseando al poeta Rumi: “El sufismo es un sentimiento de enorme felicidad después de una enorme decepción.”

Upekkhà es ver con imparcialidad que no es lo mismo que con suma frialdad. Es estar en el medio, no caer en el extremo del apego o deseo o caer en el extremo del odio o resentimiento. Vemos y observamos las cosas tal cual son desde el eje de la práctica, desde una distancia prudencial que nos permite relacionarnos plenamente sin generar apegos, rechazos o indiferencias. No posicionarse ni a favor ni en contra de nada ni de nadie, sino simplemente atestiguarlo. Mirar con calma, anotar sin prisas. Esta es la llave de la felicidad de todos los seres.

Conclusión

El Zen es una práctica integral y equilibrada de todas las vivencias a través de las cuales podemos experimentar una sanación absoluta de lo que somos y del qué y cómo lo estamos haciendo.

Este es el camino de la luz donde caben todos los seres vivientes.
Tienen la puerta abierta.
Un paso adelante.
Ahora.

Denkô Mesa
Julio 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario