Estamos
conformados por muchos yoes, roles que representamos y adquirimos en
función del entorno, contexto, lo que esperan de nosotros o lo que una parte de
mi espera de mí mismo, en base a juicios, expectativas, exigencias,… forman
parte de lo que considero el "Yo Funcional", yoes
necesarios para manejarnos en el mundo. Nos dan estructura, nos hacen ser
previsibles a los ojos de los demás, nos ayudan a opinar, a tejer redes que nos
sustentan. Nos permiten relacionarnos con el otro, y desempeñar funciones que
nos tocan vivir en nuestro día a día. Son variados y cambiantes, a veces su
manifestación está sujeta a la vivencia de nuestras emociones y
pensamientos. En los primeros meses de nuestra vida, dependiendo de
muchos factores, marcados por el amor de nuestros progenitores y la manera de
vincularnos a ellos para sobrevivir, desarrollamos nuestro Yo Emocional.
Nos acompañará formando parte de nosotros, toda nuestra vida.
Nuestro "Yo
Emocional", tiene que ver con nuestra emoción identitaria y todas
aquellas emociones que subyacen en nuestro inconsciente y preconsciente y
conforman nuestro mundo emocional. Suele prevalecer una emoción frente a otras,
esa que reconocemos fácilmente y que nos atrapa en numerosas ocasiones
provocando como define Goleman un auténtico "secuestro emocional".
Cuando esto ocurre, actuamos de una manera reactiva y puede ser el
desencadenante de numerosos episodios dolorosos que se repiten una y otra vez
en nuestro devenir de la vida.
Sin embargo,
más allá existe un espacio eterno, luminoso, puro, un punto de quietud donde se
reside en la no acción y la plenitud en un vacío fértil. Está descrito en
numerosos libros espirituales por místicos, seres iluminados, y en la psicología
Transpersonal. Assagioli hablaba de los "estados cumbre" en su
Psicosíntesis, como experiencias más habituales de lo que podríamos
imaginar. Es lo que yo identifico con nuestro "Yo esencial". Esencial
porque en él reside nuestra sabiduría primordial, eterna, un espacio de
paz y armonía profunda, donde todo fluye y se manifiesta de forma natural, sin
fragmentaciones, formando parte de un todo en unidad y armonía, nuestra
verdadera esencia. Y Esencial, porque sin él no se entiende nuestra existencia.
De alguna manera los otros yoes se proyectan sobre el esencial, como una
película se proyecta en una pantalla. Habitualmente estamos tan identificados
con nuestros roles y nuestras emociones que perdemos el contacto con nuestro
ser real. Olvidamos o negamos su presencia y vivimos buscando la fuente
de la felicidad fuera, cuando en realidad está dentro de nosotros. El Yo
Esencial es el más profundo y a su vez el más elevado. Envuelve y nutre a
los otros.
Cuando nacemos,
somos vulnerables e indefensos y necesitamos cuidados constantes para
sobrevivir. Aprendemos a amar en función del amor que recibimos, y nos vamos
desarrollando como personas en base a lo que nos enseñan que debemos hacer para
cumplir ese objetivo.
Esa identidad o
Yo Emocional que estamos adquiriendo puede resultarnos en un futuro un
obstáculo para desarrollar nuestro verdadero potencial. Nos sentiremos tan
identificados con ella que provocará en nosotros un inmenso vacío existencial
si no hemos entrado en comunicación con nuestro Yo Esencial. Al
despedirnos de esas emociones parásitas e identitarias es necesario confiar en
la existencia de ese yo profundo y descansar en él. Desde un reencuentro con
nuestro Yo Esencial, reconstruiremos nuestro Yo Emocional y Funcional
de una manera más sana.






