Zazen

ZAZEN LA MEDITACION ZEN
(SENTARSE Y SENTIRSE)
Lunes 21:30 a 22:30

en YOGASHALAMARBELLA c/ Jacinto Benavente,21 LOCAL 20. (Entrada por C/Calvario frente al hotel Baviera)

19 de agosto de 2012

"Y Osel me preguntó: 'Tú, Juan, ¿cuánto me quieres?'"


15/08/2012 - 00:00

Felicidad callada
Un viejo amigo me habla de Manzanera, al que considera un bodisatva", es decir, un maestro de la compasión. La verdad es que transmite serenidad y alegría. Ya no es monje budista. Ser monje budista fue un episodio de su aprendizaje que no se detiene. Me insiste en que la meditación no se aprende en libros: es una práctica, un modo de ejercitar la mente en la atención y la lucidez. Me asegura que las experiencias y preguntas en talleres de meditación le han enseñado más que sus años de monacato. Y que el objetivo de la meditación es claro: ¡es posible sufrir menos y con más serenidad! Lo cuenta en Meditación, la felicidad callada (Dharma).
Desde cuándo medita?
Desde que tenía 22 años, hace ya 32 años.

¿Cuántas veces al día?
Al levantarme, por la tarde, antes de acostarme.

¿Y para qué sirve?
Para sentir dentro de mí un fondo en el que me siento seguro.

¿Seguro ante qué?
Ante el miedo, el enemigo de la felicidad.

¿Miedo a qué?
A no cumplimentar deseos, a estar solo, a ser rechazado... A no existir.

Es verdad: eso da miedo.
¡Y por eso inventamos religiones, ideologías, hermandades y clubs de fútbol!

¿Para sentirnos arropados?
Sí. Pero meditar enseña que no hay de qué tener miedo: descubres que en tu fondo esencial ¡todo está en paz, todo!

Qué estupendo sentirse así, ¿no?
Es la felicidad callada. No depende de comprar o tener cosas. La llevas dentro. Y la meditación te ayuda a recordarla.


¿Es la meditación una tecnología de la felicidad, pues?
Sí: te ayuda a ser lo que eres en tu fondo. Se conoce desde antes del budismo, hace miles de años. ¡Y la ciencia ratifica que funciona!

¿Cómo opera este método?
Enseñándote a focalizar la atención.

¿Focalizarla en qué?
En vez de hacerlo en lo que nos provoca sufrimiento, ansiedad o depresión, se trata de focalizar la atención en lo que proporciona serenidad, satisfacción y plenitud.

¿Es fácil?
Si perseveras, en menos de un año notarás los efectos benéficos.

¿Me garantiza felicidad?
Si padeces una depresión... aprenderás a no identificarte con tu depresión.

¿Cuál es la clave de la felicidad?
Dan la pista los estudios de la psicóloga Laura King: "Lee menos libros de autoayuda y ayuda más a otros". ¡Es la clave!

¿Por qué?
¡Es el modo de salir de uno mismo! Estar demasiado atento a tu ego, pendiente de uno mismo... ¡es un atajo a la infelicidad!

¿Cómo llegó usted a la meditación?
Aprobé todas las asignaturas de primero de Ingeniería, algo muy difícil, pero en segundo curso me sobrevino una crisis galopante.

¿Qué pasó?
Un amigo que terminaba la carrera... cayó en depresión e intentó suicidarse. Me pregunté: "¿Para qué todo este esfuerzo?"

¿Encontró respuesta?
No. Me colgué una mochila y me lancé al camino por Europa, recogiendo fruta... Al cabo de año y pico así, decidí irme a India.

¿Qué buscaba allí?
Llevaba dos años moviéndome, buscando un sentido a todo. Y al llegar a un monasterio cerca de Katmandú, me detuve. Sentí que allí podía encontrar un sentido.

¿En qué se basó?
En la serenidad del lama Yeshe y el lama Zopa. Me enseñaron a meditar. Volví a España y viví en la única comunidad budista que había. Les traje al primer lama... y luego me ordené monje budista en India.

¿Conoció al Dalái Lama?
Sí. Su sola presencia es transformadora.

¿En qué se parecen el monje cristiano y el budista?
En la austeridad, en el celibato, en el estudio, en la oración. Y el monje budista indaga acerca de qué es la realidad, y medita.

¿Y qué le aportó ser monje budista?
Ahondar en el conocimiento de mi esencia.

¿Cómo se alcanza eso?
¿Qué hay en ti que siempre está?

La vida.
¡Muy bien! Esa es la experiencia perenne. Siempre está. Puedes decirte: "Soy la vida".

¿Yo no soy yo?
¿Qué es yo? Trasciéndelo: está la vida.

¿Ha vencido el miedo a la muerte?
Es el cuerpo el que tiene miedo a morir: sentiré miedo si me identifico con mi cuerpo. Pero no si siento que morir es volver a casa.

¿Le ayudó el lama Yeshe?
Mucho. Cuando murió, se reencarnó en el pequeño lama Osel Hita.

Aquel niño de la Alpujarra granadina.
Entre una serie de campanas, ¡reconoció la del lama Yeshe! Fui su preceptor en India.

¿Qué edad tenía el niño?
Unos seis años. Era muy normal, juguetón... Yo le hacía estudiar, disciplinarse...

¿Qué ha sido de Osel?
De adulto lo dejó todo, estudió cine, vive en España y hace años que no nos vemos...

¿Y qué hizo usted?
Siendo niño, el lama Osel me preguntó un buen día algo que me descolocó, que me cambio mi paradigma de monje...

¿Qué le preguntó?
"Tú, Juan, ¿cuánto me quieres?"

¿Y?
¡No supe contestarle, nunca nadie me había preguntado eso en toda mi vida de monje! Dos años después, colgué los hábitos.

¿Y eso?
Sentí que me había estancado.

¿Y qué hace ahora?
Imparto talleres de meditación en España.

¿Cuál es la enseñanza primordial?
Que la felicidad es un estado mental. Y que vale la pena cultivarlo..., sin abdicar de una gratificante vida laboral, social, material... Explico que se trata de "darse cuenta".

¿Darse cuenta de qué?
Sin el "de qué": ¡darse cuenta! Sólo ser consciente del instante presente. De la vida.

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Meditacion, la felicidad callada

9 de agosto de 2012

Justo lo necesario


J

Denkô Mesa
 
En la mitología budista se habla del reino de los pretas, también conocido como el «reino de los espíritus hambrientos», que se basa en el estado de ser posesivo y en el deseo. Ni siquiera obteniendo el objeto de su deseo, pueden estas pobres criaturas hallar consuelo, ya que entonces se satisfacen sólo momentáneamente, y pasado el instante de placer, su deseo se ve reavivado y todo vuelve a empezar.

Estos seres mitológicos somos nosotros mismos. Basta observar cómo nos dejamos atrás la salud, identificándonos obsesivamente con esto o lo otro, tratando de acumular bienes materiales para obtener una seguridad imposible. También la avidez se manifiesta cuando corremos detrás de esa felicidad que creemos llegará cuando finalmente en mi empresa reconozcan mi trabajo y me den el puesto que merezco, o mi pareja me quiera tanto como yo a ella, o cuando me vean aparecer con el flamante coche que he adquirido a base de un mayor endeudamiento familiar, o vean cómo me queda de bien el culo con el último vaquero que he comprado en las rebajas, o que me vean con el penúltimo modelo de telefonía móvil pegado a la oreja.

Vivimos como espíritus hambrientos, semiciegos ante supuestas maravillas que vende el universo de la globalidad materialista, obsesionados con futuros logros que siempre nos salvan desde afuera. Éste es el infantilismo del hombre moderno. Comúnmente, estamos insatisfechos con demasiadas cosas. Si tenemos insatisfacciones, eso significa simplemente que queremos más de lo que realmente necesitamos. Sin embargo, todos nosotros somos recipientes que contienen la cantidad necesaria. Algunos más grandes, otros más pequeños. No es una cuestión de cuál está bien o cuál está mal, mejor o peor. Una cosa grande es una cosa grande; una cosa pequeña es una cosa pequeña.

En el Sandokai se puede leer: «Cada existencia tiene su utilidad. Úsala sea cual sea su posición. Fenómeno y esencia se interpenetran». Por ejemplo, si observamos nuestro cuerpo, la mano puede agarrar muchas cosas, pero si tratamos de hacerlo con nuestro pie, nos será más difícil; agarra mucho menos. Las dos partes del cuerpo tienen distintos potenciales para llevar o coger cosas, pero eso no hace que una sea mejor que la otra. Significa que son diferentes. Es evidente que caminar con los pies es mucho más fácil que caminar con las manos. Por tanto, saber cómo estar satisfecho es tomar de acuerdo a nuestra capacidad.

La práctica de la atención serena



Denkô Mesa

La etimología del término latino serenidad proviene del griego sosegar, entendido como “hacer descansar o asentarse”, verbo que deriva del infinitivo sedere y que puede traducirse como “estar sentado”. Es curiosa ver la similitud semántica con el principio de estar sentado, lo que tiene mucho que ver con la meditación, un ejercicio apacible de verdadero descanso cuando uno deja de pelearse por esto o lo otro.

En la tradición zen se insta al practicante a que permanezca en un estado de recogimiento interno y participando activamente a la vez con todos los acontecimientos. Por ello, la práctica de la atención serena no puede reducirse únicamente al hecho de estar sentados de cara a la pared, sino que igualmente se enseña esta actitud correcta al caminar, estar de pie o al acostarse incluso. La palabra japonesa zazen está compuesta por dos vocablos: za significa “sentar” y zen significa “pensar tranquilo” “contemplación estable”. Aquietar tu condición interna es ZEN. Aquietar la condición externa, la condición física, es ZA, “sentar”. Lo opuesto de ambos es corretear de un sitio a otro.

El desperdicio del tiempo ocurre frecuentemente cuando correteamos de un sitio a otro y agotamos nuestras energías. El peor enemigo de la serenidad ha sido siempre el excesivo predominio del racionalismo individualista. La mente sin serenidad está enferma. La razón acompañada de la serenidad nos permite descubrir que dentro de nosotros mismos tenemos una realidad que va más allá de los pensamientos.  El déficit en voluntad y en serenidad de la sociedad actual nos conduce a un gran sufrimiento y a graves trastornos que afectan al ámbito de lo psicológico, social, educativo, político, económico, planetario…

La persona serena conserva la calma sin desesperarse, ni desanimarse. Enfrenta los problemas uno a uno, estudiando a fondo cada asunto y tomando alguna decisión. Después actúa con precisión y certeza. La serenidad va de la mano de la ponderación y de la objetividad. No hace tragedia de pequeños sucesos negativos. No dramatiza. Mira los sucesos con realismo, con ánimo positivo. Como dijo Epícteto:

“De todas las cosas del mundo, unas dependen de nosotros y otras no. Dependen de nosotros nuestros juicios y opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones y nuestras aversiones: es decir, todos nuestros actos.”

La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención, en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad. Haz que el instinto madure en voluntad consciente y lo emocional madure en serenidad ecuánime. Éste es el camino para conseguir una mente equilibrada. Todos tenemos la capacidad de reeducar la observación porque una mirada amplia y sin centramiento genera un mundo disperso. Para ello es necesario una buena base y un buen tono del vehículo transmisor; si no lo conseguimos, el esparcimiento inconsciente seguirá hablando por nosotros. He aquí el fundamento de la práctica meditativa, lo que vengo a llamar solidez dinámica.

Otro factor que nos ayuda a desarrollar la serenidad es establecer un ritmo ordenado y armonioso en nuestro día a día. Esto disminuirá nuestra ansiedad de que las cosas comiencen o terminen según nuestras expectativas, casi siempre sin fundamento real. Así, podemos canalizar la atención, el pensamiento y el sentimiento en el ahora y no en el futuro que imaginamos. Es la serenidad, el silencio y la soledad lo que desenmascara nuestro yo, pues es la actividad lo que alimenta la personalidad y la gratificación, lo que hace al ego sentirse importante.

El maestro y el discípulo emprendieron un apacible paseo por el campo al atardecer. Caminaban tranquilamente, uno al lado del otro, en silencio. De súbito, el discípulo interrogó a su mentor:
- ¿Puedes instruirme en la verdad?
El maestro preguntó:
- ¿Escuchas el trino de los pájaros y el rumor del torrente?
- Sí, maestro, los escucho -repuso el discípulo.
Y el maestro dijo:
            - Entonces, amigo mío, no tengo nada que enseñarte.

En resumen, podríamos concluir diciendo que se requiere de dos grandes fundamentos para aminorar la intensidad perceptiva, la paciencia (control de calidad ante los automatismos) y la energía (perseverancia mantenida a lo largo de la mirada). La clave está en la actitud. Se trata de entregarse completamente y sin reservas a la experiencia del presente, fundirse en lo que somos y estamos haciendo, ser la vivencia, no hacer como si.

HECHOS NO PALABRAS




Denkô Mesa

Un practicante muestra siempre su contento, entusiasmo y alegría por hacer de cada instante un momento propicio para desarrollar el arte del darse cuenta. Gracias a ello se puede proseguir en el camino a pesar de las dificultades. Gracias al tesón y la perseverancia se van dando los frutos naturalmente. Debemos tener presente que vivimos un momento social convulso. Hemos creado una burbuja que fenece bajo el yugo de satisfacciones inmediatas. Para conseguir algo, necesitamos ponernos a ello, rescatar el viejo arte del artesano que pule con mimo, tiento y paciencia el producto en bruto que tiene ante sus manos y saca lo mejor de él.

La práctica de la atención supone un esfuerzo sostenido a largo plazo. El tono adecuado es fundamental durante la meditación para no caer en la mecanicidad de la misma. Podemos convertirnos en robot zen. Se necesita integridad y seriedad en la práctica de la Vía. El zen no puede ser practicado a ratitos. Ésta es la gran mentira del practicante moderno. ¿Por qué no echan un vistazo a la alta resolución que tomaron nuestros ancestros? Hoy ya no valoramos nada, todo es experiencia espiritual exprés, como la comida rápida, que no sabe a nada.

Los obstáculos son numerosos y varían a lo largo del camino. Sólo mediante una práctica disciplinada y correcta podremos seguir fluyendo por las aguas del samsara. Un viejo Sutra dice: “cuando una ola se levanta, diez mil olas que la siguen.” Tampoco hace falta ser muy sabio para entender que una sola chispa hace arder un bosque entero. Para navegar adecuadamente por estas corrientes turbulentas, el practicante desarrolla y fortalece la virtud de la energía, entendida ésta como el mantenimiento del vigor necesario para practicar. Gracias a ello se puede proseguir en el camino a pesar de las dificultades.

Por tanto, seamos como el agua que fluye constantemente contra una gran roca, incluso una pequeña cantidad de ésta cavará un gran agujero. Éste es el esfuerzo correcto (shojin) Al entrar en contacto con las enseñanzas, una vez hallada la sanación y la medicina para liberarnos de nuestras dolencias, de necios sería no aplicar el tratamiento indicado por el médico. Se trata de hacernos cargo de nuestros gestos, palabras y pensamientos, en definitiva, se trata de asumir la responsabilidad de nuestra propia vida y no hay más tiempo que éste que está pasando.

Dicho esto, no basta con tener el mapa del territorio y el equipaje preparado. No sean como al palomo que se pasó toda la noche haciéndose la cama y lo pilló el amanecer sin haberse todavía acostado. Pasen del dicho al hecho. Sean precisos, no sean descuidados; procedan hacia adelante, no retrocedan. No posterguen, no se justifiquen. Entrega total, sin reservas. La práctica lo que requiere es práctica. Hay sólo dos opciones para entenderlo: no practicar o dedicar todo nuestro esfuerzo encauzando la vida en base al sustento de la práctica meditativa. No es lo mismo hacer que hacer como si hiciéramos. 

La vía del despertar requiere ponerla en práctica todo el tiempo. El bodhisattva se caracteriza porque genera una alta resolución por dedicarse a ello. No hay tiempo que perder. Esta es la realización espiritual: indagar, comprender, aceptar, integrar, trascender y dar a conocer este camino.

6 de agosto de 2012

Pide un deseo





De acuerdo al Sutra Mahāparinirvāna, las ocho comprensiones fueron la enseñanza final del Budha Shakyamuni antes de su muerte. Llegar a ser consciente de este Dharma es la causa para acceder al nirvana. Muchas cosas en el Zen parecen muy esotéricas y difíciles de entender, o no hay palabras para expresarlas, o bien las que usamos son extrañas a nuestra esfera verbal. Sin embargo, estas ocho comprensiones se pueden experimentar con facilidad. Las enseñanzas son sencillas, pero hay que concretarlas. Lo que se trata es de realizar y practicar realmente estas cosas simples (visión – intención – esfuerzo). En definitiva, estas enseñanzas son una descripción de cómo procede realmente nuestra práctica.

La primera de ellas habla de tener pocos deseos, pero debemos entenderlo adecuadamente. En la tradición oriental se habla de tanhā cuyas posibles traducciones son "sed, deseo, anhelo, querer, ansia, añoranza, avaricia". Esa sed de existir se debe a un vacío en el centro de nuestro ser. Es como si el centro fuera un pozo sin fondo o un agujero negro donde se pierden las galaxias. No tiene fondo porque nuestro sentido del yo es un constructo que no hallará nunca fundamento. El problema radica en la ansiedad que se genera por los incesantes esfuerzos para llenar ese agujero; por mucho que hagamos, todo acaba siendo tragado por ese pozo y nos sentimos como al principio. Éste es un posible acercamiento conceptual (que no vivencial) a tanhā, una sed que no puede ser colmada, ni satisfecha.

Para el budismo, nuestra sed básica se manifiesta de diferentes maneras y generalmente viene organizada en torno a lo que se conocen como los tres venenos: codicia, odio e ilusión. Normalmente igualamos el sufrimiento al impulso del deseo, pero el deseo no es la causa del sufrimiento. La causa del sufrimiento es el aferramiento al deseo. El deseo condiciona la aparición del apego o de su opuesto, el rechazo. Cuando nos vemos inclinados por el apego, lo que en realidad queremos es que la sensación permanezca a lo largo del tiempo. Por esta razón, el apego condiciona el proceso del devenir, esto es, querer que algo siga siendo. Proyectamos eso que es ahora hacia el futuro, lo cual es irrisorio, de la misma manera que lo es cuando nos anclamos en un pasado inexistente. Dicho esto, la felicidad no puede obtenerse, satisfaciendo el deseo, pues nuestra sed significa justamente que no tiene fin. La felicidad sólo puede alcanzarse transformando el deseo. ¿Cómo hacerlo? Esta es la gran incógnita que cada cual debe despejar. 

Estas declaraciones deben servirnos para reflexionar y contemplarlas en términos de la propia experiencia individual. Cada cual puede (y debe) investigar verdaderamente el mundo del deseo y conocerlo por lo que es. Al hacerlo de una manera atenta, descubrirá lo que es natural y necesario para sobrevivir y lo que no lo es. Si contemplamos los deseos y los escuchamos, en realidad, ya no estamos apegándonos a ellos; sólo estamos permitiéndoles ser del modo en que son. Si nos examinamos cuidadosamente, vemos cómo pulsan por manifestarse toda clase de deseos, sin embargo, no hay nada que ganar. Al mismo tiempo tampoco hay nada que perder. Ese es el simple estado de la existencia, eso es nuestra vida. En otras palabras, siempre está colmada exactamente de la forma correcta. La tenemos, la estamos usando, tenemos suficiente. Tener menos deseos es, en el mejor de los sentidos, realizar este hecho.

Por ello, en la experiencia meditativa, el practicante constata que no surge en su cuerpo-mente la preocupación, ni hay lugar para la duda, el miedo o la desconfianza porque su mente está en paz. Cualquier cosa con la que entre en contacto, le resulta suficiente y contempla serenamente que todo está bien, tal y como se está dando. Nunca falta nada. Cuanto menos tenemos, menos problemas tenemos. Liberarse a sí mismo de compromisos complicados se llama desapego. Éste es el nirvana, el encaje perfecto entre los anhelos y la realidad en sí. Éste es el lugar donde estamos, siempre en este ahora, viviendo en el reino de quién y qué somos. Todo es simple.
Denkô Mesa

3 de agosto de 2012

BENDITA IMPERMANENCIA



BENDITA IMPERMANENCIA

Denkô Mesa

Nuestra mente es como un caleidoscopio, siempre nos presenta múltiples colores o formas distintas de una misma realidad. También se puede asemejar con la imagen de un cangrejo bajo el agua que continuamente envía burbujas, burbujas y más burbujas hacia la superficie. En otras ocasiones nuestra mente se parece más a una botella de sidra sin gas. ¿Qué quiere decir esto? 

Nos pasamos la vida corriendo detrás de satisfacciones que creemos inmediatas, ya sean del tipo emocional, intelectual, corporal, estético… espiritual incluso. Por lo general, no nos permitimos hacer una seria reflexión sobre la existencia, pero los reveses de la vida acentúan en nosotros la realidad de la impermanencia. Nos apegamos a este cuerpo-mente y montamos toda una historia alrededor de la vida-muerte. Nos apegamos al espíritu que dice: “Yo” o “Es mío, es mi mujer, es mi trabajo, mi casa”. Mi…mi…mi… Nos adherimos al convencimiento de lo privado y sólo aceptamos aquello que entra en los terrenos de la individualidad donde creemos que estamos a salvo. Sin embargo, ¿qué pasa con todo esto cuando se paran inspiración y espiración? He aquí una breve historia:

“Un rey tenía una mujer maravillosa. Un día, ella se preparaba para atravesar el gran mar y el monarca estaba muy triste. Uno de sus ministros se acercó y trató de consolarlo: majestad usted tiene la fuerza del conocimiento y sabe que su señora volverá sin tardar, ¿por qué sufre esta tristeza? Y el rey contestó: Lo que me acongoja no es pensar que mi mujer no volverá, sino que temo que a la vuelta su juventud se haya fugado”. 

Eso es sólo ver una parte de la impermanencia, el reflejo de una mirada que se identifica con lo eterno, que se ampara en la insustancial seguridad de los bienes, las relaciones que caducan o la inteligencia que nos dice que aquello que ahora comprendemos también cambia. ¿Tan listos nos creemos? No hay dos momentos como éste del ahora, de hecho, es el único que existe. ¿Cómo y qué estás haciendo para relacionarte con la bendita impermanencia? ¿Cuánto tiempo te queda para practicar, cuánto espacio le dedicas a la búsqueda y respuesta de esta verdad universal?

Entregarnos a la práctica meditativa, aprender a soltar lo superfluo y fortalecer aquello que es verdaderamente necesario, constituye una transformación perceptiva del mundo que requiere de un esfuerzo voluntario. Así que, como dice el Libro de las mutaciones: "una revolución debe alegrar los corazones de la gente", pero hay que prepararse para ella y además querer hacerlo porque nadie va a descubrirlo por ninguno de nosotros. Sin tener en cuenta la fugacidad del tiempo, la práctica se convierte en algo gimnástico o en una pobre técnica de provecho personal. Como dijo el maestro zen Deshimaru:  

“Nos equivocamos pensando que nuestra vida es sólo una línea del nacimiento a la muerte, nos equivocamos pensando que el tiempo es algo paralelo a nuestra vida, que tenemos que correr detrás o que ya ha pasado.” 

En definitiva, ya lo somos todo, pero lo ignoramos por una falta del ejercicio atento. Lo que se abandona es la tensión producida por las expectativas del ego y su frustración correspondiente por no alcanzarlas. ¿A qué esperas para darte cuenta de esta verdad y ponerte a ello?
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Enseñanzas durante el retiro de verano 2012
Gran Canaria