La práctica
meditativa fundamenta su trabajo cognitivo en el cultivo sistemático de la atención.
Este estado de alerta justa, como dijera el maestro zen Keizan Yôkin, es un
control y sistema de calidad que mima en todo momento la percepción, es decir, ajusta
y estabiliza la mirada, de forma que es el estado de presencia, el que faculta
para relacionarnos de buena manera. ¡Qué necesitados estamos todos de este
ajuste! Así pues, la atención permite al meditador, realizar un chequeo
constante y paciente de sus propios procesos internos, aceptándolos, comprendiéndolos,
integrándolos y dejándolos partir al mismo tiempo. Por otra parte, favorece el
diálogo amistoso y la apertura participativa donde nos sumamos a lo que está
aconteciendo.
El objetivo es
simple: intensificar la capacidad de ver con mayor claridad, ya que solemos
estar mal enfocados, lo cual produce distintos tipos de dolencias y
sufrimientos innecesarios. Se trata en definitiva de colocar, materializar
adecuadamente todo el potencial energético del que estamos formados, esto es,
un cuerpo sano, una emocionalidad justa, una mente abierta y un mundo
espiritual pleno en su desarrollo.
Es nuestra mente
la que genera instante tras instante la realidad que aparece y desaparece ante
nuestros ojos. Al acercarnos y contemplarla, inicialmente nos aparece como un
océano agitado y turbulento, caracterizado por un sinfín de actividades
incesantes, repleta de variados pensamientos, emociones contradictorias, un raudal
desbordante con deseos, frustraciones, anhelos y expectativas incumplidas. Por
ello, pudiera asemejarse la mente a un jardín interior que ha sido abandonado, donde
han crecido zarzas y malas hierbas de forma desordenada que impiden ver las
flores y la belleza natural de sus espacios. Dicho esto, tres son las reglas
que resumen el desarrollo y mantenimiento de una atención plena:
1. No
debe haber interferencia
Se trata de
mantener el eje, de mirar en una misma dirección al principio, consolidar la
percepción y no reaccionar a los estímulos, sean del tipo que sean. Una mirada
amplia y sin centramiento genera un mundo disperso. Es necesario persistir
sobre ello, para penetrar en la naturaleza de los fenómenos. Si no conseguimos
una base estable, un buen canal receptivo, el esparcimiento inconsciente
hablará por nosotros.
2. No
caer en la fijación
La vida siempre
fluye, la impermanencia es real aunque no lo queramos admitir. Sin embargo,
podemos fluir y adaptarnos a las circunstancias cambiantes. Se trata de
ralentizar el tiempo necesario, para ver con claridad qué es lo que está
sucediendo a cada instante, aminorar la intensidad perceptiva, justo lo
suficiente, para que el fotograma no se queme. La concentración no es fijación,
es una mente estable que permanece adecuadamente orientada.
3. No
llegar a la identificación de lo que acontece
El egoísmo es la
gran neurosis del llamado mundo moderno. Padecemos de une adhesión excesiva
hacia las personas, hacia los objetos. Perdemos con facilidad la perspectiva y
por tanto la capacidad de observar con ecuanimidad y plena objetividad. Siempre
añadimos nuestros gustos y preferencias sobre lo que acontece. Se trata de ver
sin tocar, esto es, de entregarse plenamente a la experiencia presente, fundirse
con lo que estamos haciendo y ser la vivencia, sin dejarnos arrastrar por los
hábitos y programas adquiridos.
Así pues, todos
tenemos la capacidad de reducar la atención que. En resumen podríamos concluir
diciendo que requiere de dos grandes fundamentos, la paciencia (control de
calidad ante los automatismos) y la energía (perseverancia mantenida a lo largo
de la mirada). La clave está en la actitud. Se trata de entregarse
completamente y sin reservas a la experiencia del presente, fundirse en lo que
somos y estamos haciendo, ser la vivencia, no hacer como si… Para ello es
necesario una buena base y un buen tono del vehículo transmisor. He aquí el
fundamento de la práctica meditativa, lo que vengo a llamar solidez dinámica.
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Denkô
Mesa
Junio 2012




