Zazen

ZAZEN LA MEDITACION ZEN
(SENTARSE Y SENTIRSE)
Lunes 21:30 a 22:30

en YOGASHALAMARBELLA c/ Jacinto Benavente,21 LOCAL 20. (Entrada por C/Calvario frente al hotel Baviera)

21 de junio de 2012

La solidez dinámica



La práctica meditativa fundamenta su trabajo cognitivo en el cultivo sistemático de la atención. Este estado de alerta justa, como dijera el maestro zen Keizan Yôkin, es un control y sistema de calidad que mima en todo momento la percepción, es decir, ajusta y estabiliza la mirada, de forma que es el estado de presencia, el que faculta para relacionarnos de buena manera. ¡Qué necesitados estamos todos de este ajuste! Así pues, la atención permite al meditador, realizar un chequeo constante y paciente de sus propios procesos internos, aceptándolos, comprendiéndolos, integrándolos y dejándolos partir al mismo tiempo. Por otra parte, favorece el diálogo amistoso y la apertura participativa donde nos sumamos a lo que está aconteciendo.

El objetivo es simple: intensificar la capacidad de ver con mayor claridad, ya que solemos estar mal enfocados, lo cual produce distintos tipos de dolencias y sufrimientos innecesarios. Se trata en definitiva de colocar, materializar adecuadamente todo el potencial energético del que estamos formados, esto es, un cuerpo sano, una emocionalidad justa, una mente abierta y un mundo espiritual pleno en su desarrollo.

Es nuestra mente la que genera instante tras instante la realidad que aparece y desaparece ante nuestros ojos. Al acercarnos y contemplarla, inicialmente nos aparece como un océano agitado y turbulento, caracterizado por un sinfín de actividades incesantes, repleta de variados pensamientos, emociones contradictorias, un raudal desbordante con deseos, frustraciones, anhelos y expectativas incumplidas. Por ello, pudiera asemejarse la mente a un jardín interior que ha sido abandonado, donde han crecido zarzas y malas hierbas de forma desordenada que impiden ver las flores y la belleza natural de sus espacios. Dicho esto, tres son las reglas que resumen el desarrollo y mantenimiento de una atención plena:

1.  No debe haber interferencia

Se trata de mantener el eje, de mirar en una misma dirección al principio, consolidar la percepción y no reaccionar a los estímulos, sean del tipo que sean. Una mirada amplia y sin centramiento genera un mundo disperso. Es necesario persistir sobre ello, para penetrar en la naturaleza de los fenómenos. Si no conseguimos una base estable, un buen canal receptivo, el esparcimiento inconsciente hablará por nosotros.

2.  No caer en la fijación

La vida siempre fluye, la impermanencia es real aunque no lo queramos admitir. Sin embargo, podemos fluir y adaptarnos a las circunstancias cambiantes. Se trata de ralentizar el tiempo necesario, para ver con claridad qué es lo que está sucediendo a cada instante, aminorar la intensidad perceptiva, justo lo suficiente, para que el fotograma no se queme. La concentración no es fijación, es una mente estable que permanece adecuadamente orientada.

3. No llegar a la identificación de lo que acontece

El egoísmo es la gran neurosis del llamado mundo moderno. Padecemos de une adhesión excesiva hacia las personas, hacia los objetos. Perdemos con facilidad la perspectiva y por tanto la capacidad de observar con ecuanimidad y plena objetividad. Siempre añadimos nuestros gustos y preferencias sobre lo que acontece. Se trata de ver sin tocar, esto es, de entregarse plenamente a la experiencia presente, fundirse con lo que estamos haciendo y ser la vivencia, sin dejarnos arrastrar por los hábitos y programas adquiridos.

Así pues, todos tenemos la capacidad de reducar la atención que. En resumen podríamos concluir diciendo que requiere de dos grandes fundamentos, la paciencia (control de calidad ante los automatismos) y la energía (perseverancia mantenida a lo largo de la mirada). La clave está en la actitud. Se trata de entregarse completamente y sin reservas a la experiencia del presente, fundirse en lo que somos y estamos haciendo, ser la vivencia, no hacer como si… Para ello es necesario una buena base y un buen tono del vehículo transmisor. He aquí el fundamento de la práctica meditativa, lo que vengo a llamar solidez dinámica.
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Denkô Mesa
Junio 2012

14 de junio de 2012

¿Cuánto apego eres capaz de reconocer?



El ser humano mira y se relaciona mediante una percepción difusa. El ser humano no contempla los fenómenos tal y como son. A esta ilusión mental que genera fijación, contracción, apego o resistencia en el budismo se la denomina ignorancia. 

Sin embargo, también existen momentos libres de inconsciencia. Es necesario que reconozcamos estos espacios en nosotros. Gracias a la práctica meditativa se genera un estado de presencia incondicional. Todos tenemos la capacidad de conectar directamente con la experiencia acontecida, sin distorsionarla con ningún tipo de expectativas. Cuando aprendemos a ver sin mirar, cuando abandonamos el impulso manipulador, todo surge, se desarrolla y manifiesta de forma natural. Para lograr este estado participativo, te ruego reflexiones sobre lo siguiente: ¿cuántos apegos eres capaz de reconocer?

1. apego a los placeres sensuales

Todo fenómeno es objeto de atracción/captación por parte de los sentidos. Podemos incluso sentirnos atraídos por las experiencias “agradables” de la meditación. Es el terreno resbaladizo de la adicción, la fascinación y el encanto. La cultura occidental es una cultura caracterizada por la avidez y el consiguiente desengaño al no poder satisfacer todo aquello que se plantea. El deseo es la antesala del placer y la publicidad produce sujetos deseantes. Vivimos una realidad teleprogramada.

Las llamadas sociedades modernas crean individuos incapaces de colmar todas las apetencias que éstas les ofrecen; los seres humanos se sienten frustrados y envidiosos de no tener lo que posee el vecino de al lado: es el veneno de la envidia. Creemos que nos falta algo cuando en realidad ya lo somos todo. Así, una salida ilusoria a esta profunda insatisfacción pasa por salir a comprar de forma desmedida y compulsiva. Comprar, acumular bienes materiales, añadir experiencias novedosas, no son la salida a a insatisfacción existencial. Como dice Antonio de la Marina, “el consumismo es el reino momentáneo de los caprichos” La apetencia es el nivel más bajo del deseo porque una vez satisfecho, el breve y limitado placer, queremos más y más. Éste es el signo más característico de las mal llamadas “sociedades desarrolladas”.

2. apego a los puntos de vista

Nos rebelamos cuando se pone en tela de juicio nuestros propios juicios o se ponen en entredicho nuestras opiniones. Nos apegamos a tener la razón. He aquí una buena práctica: en lugar de preguntar, ¿quién tiene razón?, podemos convertirlo en, ¿qué puedo aprender de esta enseñanza? Es de sabios tener una mente abierta a lo que nos creemos ser. Como dice el poema: “El hombre sabio no tiene ego pues todas las existencias son su ego”

El maestro Bankei que vivió en el siglo XVII acuño la frase que empleó a menudo: “No te pongas de tu parte” El ego siempre quiere tener la razón. El individualismo es su religión de poder.

3. Apego a uno mismo

Esta es la verdadera causa del sufrimiento humano, la identificación excesiva hacia este cuerpo-mente del que nos creemos propietarios. Una consecuencia de este apego es el miedo a la pérdida y a la muerte. Hemos creado toda una estructura vacía y hueca de sensaciones, recuerdos, emociones, pensamientos y anhelos espirituales que reúnen un conjunto de condiciones cambiantes y efímeras. No somos nada.

Que cada cual saque sus propias conclusiones. Nadie va a hacerlo por ninguno de nosotros. Somos los únicos responsables de la realidad que creamos a cada instante. Podemos hacerlo bajo el amparo de la luz de la atención plena o bien hacerlo bajo las estrechas miras de una mente condicionada.

Termino parafraseando al propio Budha quien dijo: “No debemos apegarnos a nada que denote yo o mío. Quien haya oído esta verdad, ha oído todas las enseñanzas.”
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Denkô Mesa
Junio 2012

7 de junio de 2012

Somos un siendo



Tenemos la sensación de que somos alguien, de que somos algo individual, de que hay cosas que nos pasan a nosotros y sólo a nosotros. Lo que sucede a cada instante no puede ser entendido, racionalizado o conceptualizado, pero nosotros nos sentimos más seguros cuando nos explican las cosas.

El yo no es más que un fruto de condiciones y las condiciones son siempre cambiantes. Este río de la vida está sujeto a la ley del cambio, a la ley de la impermanencia. Heráclito, un filósofo de la vieja Grecia preclásica llegó a decir: “jamás te bañarás dos veces en el agua del mismo río.”

La mayor parte de la gente se identifica con sus pensamientos, es decir con sus ideas, sus recuerdos, sus preferencias y sus vivencias. Y lo hace de tal forma que las hace equivaler a sí mismo, como si de una especie de identidad invisible se tratara. No es de extrañar, puesto que el ego (el yo), es sobre todo un constructo histórico. Esto significa que es el garante de que hoy seamos el mismo que ayer a pesar de reconocer que hemos cambiado. De alguna manera el yo es el hilo que anuda nuestras experiencias actuales y pasadas y les confiere un rango de historicidad.

Otra de las características del yo es que puede pensar, visualizar, divagar o reflexionar. Los pensamientos son la principal producción de nuestra mente junto con la imaginería visual. Casi todo el tiempo los pensamientos acuden a escena, tanto si los buscamos, como si no lo hacemos. Nos pasamos la vida pensando, cavilando, recordando canciones, escenas, diálogos o monologando con nosotros mismos. No existe ninguna otra actividad que consuma tanto espacio y tiempo como ocurre con nuestros pensamientos. El problema es que los pensamientos están de alguna forma condicionados y determinados, son por así decir automáticos, no precisan de ninguna intención (aunque también podemos dirigirlos conscientemente), se presentan en nuestra mente sin pedir permiso y se asocian con otros llenando siempre la escena con nuevas o viejas secuencias de hechos o palabras.

El Ser no es el ego. El Ser es lo que es y el ego es lo que creemos ser. El problema del ego es que aunque nos provee de identidad y continuidad, carece de fundamento. Trate usted de definir su yo y verá lo que encuentra, esto es, una secuencia de hechos, una biografía, una narrativa, pero observe con atención que allí no hay ningún yo, sino un ser en marcha,  un ser dinámico, un siendo en el mundo.

¿Y como podemos sentir el Ser? Naturalmente desprendiéndonos del Ego, silenciándolo, mandándolo al fondo de la conciencia. El ego hace demasiado ruido para escuchar al Ser y su voz interior, una voz que está ahí en todos nosotros. Necesitamos acallar ese murmullo de fondo para poderle oír. Eso es lo que sucede en la meditación. Es una cuestión de libre elección. Usted, ¿qué está elijiendo?

Denkô Mesa
Junio 2012

6 de junio de 2012

La integración del conocimiento



Un paradigma es una forma de estructurar la realidad. Es un término que proviene del griego paradeigma que significa modelo, ejemplo, patrón. En la actualidad es usado como sinónimo de teoría, percepción, marco de referencia. Pudiera generalizarse y decirse que es la forma como vemos, distinguimos e interpretamos el mundo. Básicamente consiste en el uso de unas lentes con las que configuramos la percepción, las respuestas y creencias, a través de las cuales entendemos la realidad que nos rodea. También con ellas nos autodefinimos. En una palabra, son hipótesis que brindan los supuestos sobre los que se basan los puntos de vista acerca de la naturaleza del mundo. El problema surge cuando estos esquemas se tornan rígidos e inmutables, convirtiéndose así en referentes normativos, que pasan a ser filtros y marcos conceptuales que condicionan la manera natural y sensata de ver las cosas. Estamos pues tremendamente determinados por la forma en la que se nos enseña a percibir el mundo.

Si abrimos bien los ojos, veremos una época donde reina la confusión. Nunca antes se había sentido tanto como hoy la necesidad de creer y crear algo nuevo que dé fundamento y sentido a la existencia. Quizás en este presente, más que en el ayer, la sociedad está llegando a ser tan plenamente consciente de su propia mentira, de su hipocresía, de la rotunda falsedad de sus propios cimientos, que hoy, al cabo de tres siglos, los científicos vuelven hacia nosotros y nos manifiestan que la realidad no existe tal como nosotros creemos, que es tan sólo una proyección mental, una creación nuestra. Repiten, aunque sin querer afrontarlo, una significación del más pleno misticismo, tanto oriental como occidental, ejemplificado en las sabias palabras de Budha cuando expresó: "Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge con nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos hacemos el mundo". 0 como más contemporáneamente, el brujo yaqui don Juan dijera a Carlos Castaneda: "Sostenemos el mundo con nuestro diálogo interno".

Nuestro pensamiento actual se fundamenta en el paradigma newtoniano-cartesiano, el cual emana de la comprobación, ponderación, lógica y razón. De alguna manera hemos pasado de un paradigma de relojería en donde todo estaba mecánicamente predeterminado, fijo y lineal, a uno mucho más abierto, flexible, holístico y ecológico que exige de todos una transformación fundamental de nuestros pensamientos, de nuestras percepciones y de nuestros valores. Este pensamiento del paradigma emergente lleva consigo un cambio de la mentalidad y consiguientemente una profunda modificación de la mayoría de las relaciones sociales, así como de las formas de organización.

Está surgiendo un nuevo paradigma basado en la filosofía perenne, la educación holista que supera los antiguos arquetipos, tomando como centro al ser humano y éste al ser consciente de su realidad, se preocupa no nada más por él, sino también por el universo donde vive. Este modelo apunta a que la felicidad radica en la medida en que nos reconocemos como seres universales en interdependencia y fusión con la totalidad, por eso encontramos que los seres humanos más plenamente desarrollados, fueron seres universales que abrazaron a todos los seres sin distinción. Así lo muestra la declaración fundamental del "Tú eres eso", recogida inicialmente en la tradición advaita. No existe dualidad entre el ser individual y el ser universal, lo cual viene a superar el problema del individualismo, la separabilidad.

Por todo ello, cobra especial relevancia el paradigma presentado por la educación holista, vista como un proceso para hacernos más conscientes de que el mundo es una unidad y no una totalidad, descubriendo quienes somos realmente a través de la indagación directa. La pasión los sentimientos, los ideales, los valores, la subjetividad y la espiritualidad son centrales en nuestra vida, en todas las culturas y muy especialmente, como decimos,  en la educación donde ciencia, arte, espiritualidad y tradiciones se articulan para crear una cultura de la sabiduría y superar la fragmentación del conocimiento expresado en las disciplinas académicas. Así pues, dentro de la nueva visión, todo apunta a que el próximo paso evolutivo será hacia la evolución de la conciencia, será un paso evolutivo hacia la interioridad humana, el despliegue de nuestra genuina inteligencia.

1 de junio de 2012

Sobre la paciencia

Conocerse en intimidad requiere de un tiempo para hacerlo y esto implica tener la capacidad de aceptar la totalidad de todo lo que uno va descubriendo. Estamos hablando de un proceso gradual. Hay que esperar con madurez y cariño la llegada de los cambios. Cultivar la paciencia nos proporciona la fuerza para salir adelante en las dificultades, sin desintegrarnos, sin perder el eje. Todo gira a partir del estado del centramiento, no al revés.

La paciencia es la manifestación de la actitud de no esperar nada porque en este sentido, cuanto más esperamos obtener, menos disfrute obtendremos. Las cosas están siendo tal y como están siendo, más allá de nuestros gustos o antipatías personales. La paciencia surge de la profunda aceptación. La meditación es la práctica de la paciencia por excelencia. Nos permite tolerar la adversidad, el estrés, los errores de otros y actuar con tolerancia, libres de resentimiento, irritación e incluso caer en la toma de represalias.

La paciencia es la ausencia completa de agitación interna en cualquier momento, incluso cuando se ve inundado por sus propias pasiones. Esto puede hacerlo contemplando el carácter vacío de cada cosa y por ello puede no sentirse vinculado a ella. Es el autocontrol natural que nos permite no reaccionar compulsivamente y automáticamente ante un estímulo determinado. Futbolísticamente hablando es parar la pelota y ver cómo va la jugada, para dar el mejor pase. Si la paciencia se desarrolla como virtud, ¡cuántas guerras y conflictos nos evitaríamos!

¿Dónde tiene su fundamento la paciencia? En desarrollar el espíritu de la no obtención. Ya lo somos todo, somos un siendo.  La paciencia es la ciencia de la paz que surge del santo olvido de uno mismo. Ahora bien, paciencia no es resignación, ni un acto de masoquismo. No estamos hablando de aguantar. Implica ir más allá del dolor (sólo el 15% es físico; el resto es existencial) La clave está en la integración a través de la aceptación y la respiración. El aprendizaje está en la estabilidad y en el no querer salir corriendo y buscar un supuesto alivio inmediato. 

La paciencia es el aprendizaje de tomar una distancia prudencial de lo que sucede ante nosotros. No reaccionamos, ni tomamos decisión alguna cuando el fuego de la ira está desatado. Practicamos la no oposición ni el enfrentamiento. Se trata de generar un estado interno de tranquilidad anímica que nos permite transmutar nuestros demonios internos en estados emocionales adecuados. La paciencia contrarresta los impulsos de la ira. Tenemos la capacidad de transmutar las injurias e injusticias. La práctica consiste en identificar en qué preciso instante se levanta la ola en el océano interior. En el exterior se refleja el oleaje de nuestro mar de fondo.

La premisa básica es muy simple, carente de artificios especulativos: se trata de sentarse y sentirse. SENTARSE significa parar, al menos por unos minutos, la diabólica carrera de obstáculos en la que hemos convertido nuestra vida. SENTIRSE significa ser íntimo consigo mismo. 

Dado el alto grado de sofisticación de nuestras sociedades actuales, hemos perdido el sentido de la sencillez, de lo íntimo y de lo evidente. Creemos ilusoriamente que la felicidad es algo muy difícil de conseguir y que para conseguirla debemos hacer todo tipo de cosas complicadas. O creemos que el progreso tecnológico, con toda su vasta complejidad, es lo que va a conducirnos en el futuro - siempre en el futuro- a un cierto estado de felicidad. O lo que es peor, caemos en el nihilismo y pensamos que nunca podremos acceder a la paz interior y al verdadero bienestar. 

Sin embargo, el estado de felicidad, la paz interna, está  muy cerca de nosotros: es la sustancia misma de nuestra mente. Basta con que nos permitamos pararnos, hacer una pausa en nuestro largo y doloroso éxodo y, poco a poco, con paciencia y perseverancia, dejarnos reposar en el fondo estable y pacífico de nuestra propia mente.
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Nota: consideraciones personales y apuntes extraídos de las enseñanzas escuchadas al maestro Dokushô Villalba rosh