Una de las características esenciales de todo fenómeno educativo es su condición compleja, crítica e inestable. Los hechos educativos se mueven entre los límites de la conservación y la transformación social, lo cual siempre configura un escenario móvil y permanente de crisis, crisis que exige continuas acciones y reflexiones de recreación, reconstrucción y reorientación, tanto de carácter sociopolítico, como también epistemológico y metodológico.
Sin embargo vivimos una crisis de la educación en la que los problemas fundamentales ya no pueden resolverse con las soluciones que hasta ahora se han venido practicando. Ya no nos bastan, aunque sigan siendo necesarios, mayores inversiones, mejores recursos, reformas más ajustadas al mercado laboral o formas más eficaces de enseñar y aprender, porque como como nos señala Edgar Morin, los problemas actuales de la educación ya no son de naturaleza cuantitativa y programática, sino de naturaleza cualitativa y paradigmática.
La educación de nuestro tiempo está acabando por convertirse en una práctica social adocenadora, domesticadora y legitimadora del actual (des)orden social establecido, configurada por una economía sin rostro humano y por un paradigma civilizatorio que niega la vida. Credencialismo, burocracia, meritocracia, mercantilismo, carrerismo, bancarización, pedagogismo, psicologismo, profesionalismo, etc, son ahora los problemas que ha ocasionado la escolarización y un paradigma educativo incapaz de responder a las demandas ecológicas, existenciales y humanas de un planeta en el que la vida está cada vez más amenazada.
Estamos pues ante patologías educativas sistémicas, que adquieren una nueva importancia e intensidad, a luz del desarrollo de las nuevas tecnologías, que en gran medida, están contribuyendo eficazmente a optimizar lo pésimo reproduciendo y ampliando así las insuficiencias y carencias de un sistema escolar caduco y anclado en la era industrial.
¿Cuál va a ser entonces la misión de las educadoras y educadores en un mundo en el que el «homo consumens» (cuyo objetivo fundamental no es principalmente poseer cosas, sino consumir cada vez más, compensando así su vacuidad, pasividad, soledad y ansiedad interiores) se ha constituido en el referente dominante y exclusivo del desarrollo y del bienestar individual y social?
¿Cuál va a ser su papel en un mundo dominado por las multinacionales de la telecomunicación y en el que las personas están cada vez más controladas por las redes electrónicas?
¿Cuáles van a ser las prioridades educativas ante la avalancha de una (in)cultura dominante plagada de competitividad, violencia, prejuicios y estereotipos? ¿
Qué va a suceder con la educación, el trabajo y el ocio en el nuevo “mundo feliz” del capitalismo globalizado e informacional?
Una educación para la condición humana no puede ser simplemente un añadido más a las competencias formales de una institución esclerotizada y enajenada en sus procedimientos de gestión y organización y en sus rutinas corporativas. Por el contrario, una educación para la condición humana exige antes que nada de preguntas radicales que sean capaces de generar respuestas basadas en la responsabilidad y la solidaridad, capaces de generar acciones y compromisos dirigidos a enfrentar y buscar vías de solución entre otros.
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