Sobre la paciencia
Conocerse
en intimidad requiere de un tiempo para hacerlo y esto implica tener la
capacidad de aceptar la totalidad de todo lo que uno va descubriendo. Estamos hablando
de un proceso gradual. Hay que esperar con madurez y cariño la llegada de los
cambios. Cultivar la paciencia nos
proporciona la fuerza para salir adelante en las dificultades, sin
desintegrarnos, sin perder el eje. Todo gira a partir del estado del
centramiento, no al revés.
La
paciencia es la manifestación de la actitud de no esperar nada porque en este
sentido, cuanto más esperamos obtener, menos disfrute obtendremos. Las cosas
están siendo tal y como están siendo, más allá de nuestros gustos o antipatías
personales. La paciencia surge de la profunda aceptación. La meditación es la práctica de la paciencia por excelencia. Nos permite
tolerar la adversidad, el estrés,
los errores de otros y actuar con tolerancia, libres de resentimiento,
irritación e incluso caer en la toma de represalias.
La
paciencia es la ausencia completa de agitación interna en cualquier momento,
incluso cuando se ve inundado por sus propias pasiones. Esto puede hacerlo
contemplando el carácter vacío de cada cosa y por ello puede no sentirse
vinculado a ella. Es el autocontrol natural que nos permite
no reaccionar compulsivamente y automáticamente ante un estímulo determinado.
Futbolísticamente hablando es parar la pelota y ver cómo va la jugada,
para dar el mejor pase. Si la paciencia se
desarrolla como virtud, ¡cuántas guerras y conflictos nos evitaríamos!
¿Dónde
tiene su fundamento la paciencia? En desarrollar el espíritu de la no obtención.
Ya lo somos todo, somos un siendo. La paciencia es la ciencia
de la paz que surge del santo olvido de uno mismo.
Ahora bien, paciencia no es resignación,
ni un acto de masoquismo. No estamos hablando de aguantar. Implica ir más allá
del dolor (sólo el 15% es físico; el resto es existencial) La clave está en la
integración a través de la aceptación y la respiración. El aprendizaje está en
la estabilidad y en el no querer salir corriendo y buscar un supuesto alivio
inmediato.
La
paciencia es el aprendizaje de tomar una distancia prudencial de lo que sucede
ante nosotros. No reaccionamos, ni
tomamos decisión alguna cuando el fuego de la ira está desatado.
Practicamos la no oposición ni el enfrentamiento. Se trata de generar un estado
interno de tranquilidad anímica que
nos permite transmutar nuestros demonios internos en estados emocionales
adecuados. La paciencia contrarresta los impulsos de la ira. Tenemos la
capacidad de transmutar las injurias e injusticias. La práctica consiste en identificar
en qué preciso instante se levanta la ola en el océano
interior. En el exterior se refleja el
oleaje de nuestro mar de fondo.
La
premisa básica es muy simple, carente de artificios especulativos: se trata de sentarse y sentirse. SENTARSE
significa parar, al menos por unos minutos, la diabólica carrera de obstáculos
en la que hemos convertido nuestra vida. SENTIRSE significa ser íntimo consigo mismo.
Dado el
alto grado de sofisticación de nuestras sociedades actuales, hemos perdido el
sentido de la sencillez, de lo íntimo y de lo evidente. Creemos ilusoriamente
que la felicidad es algo muy difícil de conseguir y que para conseguirla
debemos hacer todo tipo de cosas complicadas. O creemos que el progreso
tecnológico, con toda su vasta complejidad, es lo que va a conducirnos en el
futuro - siempre en el futuro- a un cierto estado de felicidad. O lo que es
peor, caemos en el nihilismo y pensamos que nunca podremos acceder a la paz
interior y al verdadero bienestar.
Sin
embargo, el estado de felicidad, la paz interna, está muy cerca de
nosotros: es la sustancia misma de nuestra mente. Basta con que nos permitamos pararnos, hacer una pausa en nuestro
largo y doloroso éxodo y, poco a poco, con paciencia y perseverancia, dejarnos
reposar en el fondo estable y pacífico de nuestra propia mente.
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