Cuando las palabras no son la realidad
¿Qué entendemos por
dolor?
¿Es lo mismo que el sufrimiento?
¿Qué entendemos por compasión?
¿Es lo
mismo que sentir lástima o pena por algo o alguien?
Generalmente utilizamos
dolor y sufrimiento como sinónimos. Sin embargo, es importante entender la diferencia.
Las palabras no son la realidad, pero a los humanos nos gusta enredarnos con
ellas.
El Budha Shakyamuni
se encontró con una sociedad atrapada en leyendas y mitos ancestrales. Para
trasmitir la experiencia del despertar, usó un lenguaje claro y sencillo. Han
pasado desde entonces más de 2.500 años. Todo el mundo entiende las llamadas
Cuatro Nobles Verdades, pero cuántos las practican. Esta es una pregunta
importante.
La primera enseñanza
budista indica que la vida es dolor,
lo cual incluye ideas profundas como ‘imperfección’, ‘impermanencia’,
‘vacuidad’, ‘insustancialidad’ y ‘conflicto’. Es difícil encontrar en
castellano una palabra que abarque toda la semántica del concepto dukkha. Están incluidos en ella todo
tipo de sufrimientos como el nacer, envejecer, enfermarse, morir; puede asociarse
también a las condiciones desagradables, como la separación de nuestros seres
queridos. Por otra parte, el dolor aparece cuando no conseguimos aquello que se
desea, lo cual se traduce en pena, lamento, intranquilidad… Dicho esto, se puede
hablar de tres tipos de dolencias: corporales, emocionales o psicológicas (básicas)
y las propiamente existenciales (universales).
Lo que el Budha
mostró es que la causa principal del sufrimiento está en el apego y esto
repercute en todo tipo de dolencias. Esta es la realidad de la vida misma, la
cual nos confronta y hace tomar conciencia del carácter efímero de la
existencia. Es la autoimagen del ego por mantenerse a toda costa la base del
sufrimiento humano. Estamos tan convencidos que somos lo que somos y que esta existencia
es indeleble que, al comprobar que igualmente somos impermanentes, nos
angustiamos. Todo esto se manifiesta en distintas formas de dolencias y
psicomatizaciones, tales como la ansiedad y el ritmo frenético del día a día que
nos llevan al oscurecimiento y a la falta de tono o brillo natural. Vivimos en
un mundo que rechaza ser de otra manera; estamos convencidos que debe ser como
nosotros queremos que sea. Ésta es la ceguera de la ignorancia.
Por ello, el
propósito de trabajo de la meditación budista se enfoca hacia la tercera
categoría de dukkha, esto es, disolver
la percepción ilusoria que nos lleva a un no saber o no aceptar quiénes somos y
qué es el mundo.
La práctica de zazen nos lleva a esta experiencia. Es la experiencia,
una medicina universal que sólo requiere una cosa: práctica. Cuando ello
sucede, deja que la práctica hable a través de ti. Ésta es la experiencia de la
libertad.
Denkô Mesa
Abril 2012

No hay comentarios:
Publicar un comentario