Cuando nos damos cuenta que
aquello que sentimos nos acerca a lo que somos es cuando no podemos renunciar a
lo que fuimos y al mismo tiempo tomar acción. La inteligencia nos demuestra
que nada tiene que ver con nuestro lóbulo prefrontal, sino con nuestras
emociones más profundas.
De nada sirve comprender el
bosón, el funcionamiento y composición de la energía, de las partículas
fundamentales, el espacio-tiempo y la física más avanzada, la astroarqueología,
etc… si no somos capaces de conseguir que con esos hallazgos podemos erradicar
la injusticia y la miseria de miles de millones de seres que no tienen culpa
alguna de sus privaciones. Si los que más tienen no están dispuestos a
contribuir de forma solidaria para favorecer a los que apenas tienen nada, si
con pequeñas aportaciones e iniciativas desde nuestra precariedad, demostramos
que se puede trabajar para poner fin a la pobreza, ¿Cómo es posible que
aquellas instituciones que gozan de presupuestos millonarios para llevar a cabo
esa misión, no se den cuenta de lo sencillo que es poner fin a la pobreza? ¿Qué
hacen con esos fondos? ¿Qué está pasando con el Banco Mundial y con la ONU?
Si realmente queremos comprender
a las inteligencias más avanzadas del universo, el único camino es aprender a
renunciar a nuestros “egos”, transponernos a la esencia primigenia de la
existencia y aceptar que como especie aún nos queda mucho camino por recorrer,
mucho por aprender y mucho por lo que trabajar, solucionando los problemas del
aquí y ahora.
No puede concebirse la libertad
del ser sin la capacidad de reconstruirnos desde dentro, pues hay capas de
apegos que nos impiden ver con claridad la verdadera razón de nuestra última
existencia.
Mientras queden unos ojos
suplicantes en el mundo, mientras quede el más mínimo atisbo de negación de los
derechos fundamentales humanos, mientras no seamos capaces de renunciar a la
ira, al miedo y al odio, se repetirá una y otra vez la misma canción.

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