El viejo arte del
darse cuenta
¿Cómo
están? ¿Cómo se encuentran?
No es una pregunta
baladí, realizada sin intenciones. Generalmente nos perdemos por las ramas
cuando alguien nos confronta. Les invito a que reformulen estas cuestiones y
las pasen a primera persona: ¿Cómo estoy¿ ¿Cómo me encuentro?
En la mayoría de las
ocasiones solemos responder de forma automática y compulsiva con un “bien… todo
bien”, ¿pero realmente lo estamos? ¿Cómo nos encontramos a nivel físico,
mental, emocional?
Cuando llegamos al
Zen, lo primero que se nos dice es que hemos cargado un pesado fardo que no merece la pena seguir llevando a cuestas. Se
nos enseña que hay un camino de liberación y se nos indica que nadie va a
hacerlo por nosotros. La respuesta sólo puede hallarla cada uno y por sí mismo. Se nos dice claramente que todos tenemos la
posibilidad de vivirnos cada vez mejor y alcanzar un estado pleno y exento de
dolencias innecesarias.
Por tanto, el
proceso de sanación es personal, si bien la práctica se desarrolla
adecuadamente en el seno de un grupo estable y bajo la guía y supervisión de un
maestro. Asimismo, la paciencia y la perseverancia son elementos importantes a
tener presentes. Suelo llamar de este proceso como “El viejo arte del darse cuenta.”
Todos podemos
hacerlo. Todos disponemos de una misma capacidad: la atención, ¿pero cuántos
estamos dispuestos verdaderamente a asumir la responsabilidad de las palabras,
acciones y pensamientos? Todo este bagaje forma parte del equipo de viaje.
El Zen se ocupa del
cómo hacer y de responder adecuadamente al quién lo hace. No es lo mismo
ocuparse que preocuparse de algo.

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