Zazen

ZAZEN LA MEDITACION ZEN
(SENTARSE Y SENTIRSE)
Lunes 21:30 a 22:30

en YOGASHALAMARBELLA c/ Jacinto Benavente,21 LOCAL 20. (Entrada por C/Calvario frente al hotel Baviera)

6 de febrero de 2013

Ligereza como virtud




Cierto es que las verdades más sencillas son las más profundas, sustentan la columna vertebral de las grandes religiones y aportan certitud a las vías del conocimiento. ¿Cómo hallarlas?

En el budismo se habla de las pâramitâs, una serie de "virtudes" que describen calidades del pensamiento, la palabra y la actuación. Si estas perfecciones formaran parte íntegra de la vida de uno, revelarían los misterios del universo y de los hombres. En otras palabras, los pâramitâs, vividos consciente y adecuadamente, señalan el camino a la percepción directa de la realidad. Las tres virtudes son la ligereza, la frescura y el cuidado.

La primera de éstas reúne en armonía dos planteamientos antagónicos en apariencia: la quietud y el movimiento. Durante la práctica meditativa aunamos la estabilidad y el dinamismo. A lo largo del tiempo se va produciendo naturalmente un natural equilibrio entre el cuerpo y la mente, elementos inseparables que han sido disociados por una mente ilusoria que vive fragmentada. Para que este rencuentro saludable se produzca, durante la meditación es fundamental el contacto permanente con la respiración, un gran aliado. Poco a poco aprendemos a ser respirados… Sintiendo, integrando, soltando. He aquí el gran silencio a través del cual todo fenómeno es percibido tal cual es. Ésta es la experiencia de la tranquilidad serena.

Por otro lado se da el movimiento, existe al mismo tiempo. Al contemplar con ecuanimidad nuestra propia mente, vemos que es una en el dinamismo constante, fluye como así lo hace el universo entero. De esta forma, en cada nuevo ahora el presente acude como fruto del pasado y semilla de futuro. Pero, ¿cómo s fluir y adaptarnos al cambio permanente?

En el momento en que no se va a ninguna parte, puesto que no se viene de ningún lado, la mirada se posa y aparecen las Diez Direcciones. Hemos de saber que la meditación no se inicia, ni se acaba con el sonido de la campana. La práctica prosigue sin esfuerzo, sin principio ni final. Es el ego, atrapado en sus límites estrechos, quien se desvanece por sí mismo bajo la atenta mirada de una práctica seria. Esto es fruto del centramiento fundamental y la apertura del corazón, facultades dirigidas hacia el bien de todos los seres sintientes. Por ello, esta virtud también puede relacionarse con el concepto ‘suavidad’. 

Así pues, durante la práctica  meditativa es importante focalizar adecuadamente la atención, permanecer concentrados en cada inspiración y tras cada espiración. Sin embargo, cuando hay un exceso de fijación, se manifiesta un estado de contracción innecesario. En este sentido se habla de mano de hierro en guante de seda, una vieja expresión zen que revela que la consistencia y el brillo de la práctica meditativa, nada tienen que ver con la fuerza bruta. La voluntariedad y afán por conseguir esto o aquello pertenecen al dominio ciego del ego.

Como conclusión, la práctica meditativa es una experiencia de contemplación indivisa de la realidad, experiencia que proporciona una transformación ecuánime de la percepción. Cuando el sujeto y objeto observados se funden en un mismo latir, se comprende que el apego y el rechazo son actitudes extremas que distorsionan la verdad.

La práctica meditativa no tiene propietario, es y se da sin identificación. Morimos y nacemos a cada instante. La clave está en mantener y aprender a soltar (al mismo tiempo). El puro gozo del ser no es algo a alcanzar, sino un estado a recuperar.
Denkô Mesa
Febrero 2013

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