Cierto es que las
verdades más sencillas son las más profundas, sustentan la columna vertebral de
las grandes religiones y aportan certitud a las vías del conocimiento. ¿Cómo
hallarlas?
En el budismo se
habla de las pâramitâs, una serie de
"virtudes" que describen calidades del pensamiento, la palabra y la
actuación. Si estas perfecciones formaran parte íntegra de la vida de uno,
revelarían los misterios del universo y de los hombres. En otras palabras, los pâramitâs, vividos consciente y
adecuadamente, señalan el camino a la percepción directa de la realidad. Las
tres virtudes son la ligereza, la frescura y el cuidado.
La primera de éstas reúne
en armonía dos planteamientos antagónicos en apariencia: la quietud y el
movimiento. Durante la práctica meditativa aunamos la estabilidad y el
dinamismo. A lo largo del tiempo se va produciendo naturalmente un natural equilibrio
entre el cuerpo y la mente, elementos inseparables que han sido disociados por una
mente ilusoria que vive fragmentada. Para que este rencuentro saludable se produzca,
durante la meditación es fundamental el contacto permanente con la respiración,
un gran aliado. Poco a poco aprendemos a ser respirados… Sintiendo, integrando,
soltando. He aquí el gran silencio a través del cual todo fenómeno es percibido
tal cual es. Ésta es la experiencia de la tranquilidad serena.
Por otro lado se da
el movimiento, existe al mismo tiempo. Al contemplar con ecuanimidad nuestra
propia mente, vemos que es una en el dinamismo constante, fluye como así lo hace
el universo entero. De esta forma, en cada nuevo ahora el presente acude como
fruto del pasado y semilla de futuro. Pero, ¿cómo s fluir y adaptarnos al
cambio permanente?
En el momento en que
no se va a ninguna parte, puesto que no se viene de ningún lado, la mirada se
posa y aparecen las Diez Direcciones. Hemos de saber que la meditación no se
inicia, ni se acaba con el sonido de la campana. La práctica prosigue sin
esfuerzo, sin principio ni final. Es el ego, atrapado en sus límites estrechos,
quien se desvanece por sí mismo bajo la atenta mirada de una práctica seria. Esto
es fruto del centramiento fundamental y la apertura del corazón, facultades dirigidas
hacia el bien de todos los seres sintientes. Por ello, esta virtud también
puede relacionarse con el concepto ‘suavidad’.
Así pues, durante la
práctica meditativa es importante
focalizar adecuadamente la atención, permanecer concentrados en cada
inspiración y tras cada espiración. Sin embargo, cuando hay un exceso de
fijación, se manifiesta un estado de contracción innecesario. En este sentido
se habla de mano de hierro en guante de
seda, una vieja expresión zen que revela que la consistencia y el brillo de
la práctica meditativa, nada tienen que ver con la fuerza bruta. La voluntariedad
y afán por conseguir esto o aquello pertenecen al dominio ciego del ego.
Como conclusión, la
práctica meditativa es una experiencia de contemplación indivisa de la
realidad, experiencia que proporciona una transformación ecuánime de la percepción.
Cuando el sujeto y objeto observados se funden en un mismo latir, se comprende
que el apego y el rechazo son actitudes extremas que distorsionan la verdad.
La práctica meditativa
no tiene propietario, es y se da sin identificación. Morimos y nacemos a cada
instante. La clave está en mantener y aprender a soltar (al mismo tiempo). El
puro gozo del ser no es algo a alcanzar, sino un estado a recuperar.
Denkô
Mesa
Febrero 2013

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