Frente a un
concepto reduccionista, que limitaba la inteligencia a la capacidad de resolver
problemas mediante un razonamiento lógico, en los últimos treinta años estamos
asistiendo al reconocimiento de las diferentes "líneas" o dimensiones
que implica. Entre ellas, H. Gardner, el primero en hablar de las "inteligencias
múltiples", señala las siguientes: lingüística, musical,
lógico-matemática, corporal o kinestésica, espacial o visual, intrapersonal,
interpersonal y naturista.
Por su parte, K. Wilber se refiere a las distintas "líneas de
desarrollo" que puede recorrer la inteligencia: cognitiva, interpersonal,
psicosexual, emocional, moral...
En concreto, en los últimos años se está prestando una atención especial al cuidado de la "inteligencia emocional", con todas sus repercusiones, y más recientemente aún, a la "inteligencia espiritual". Si la primera se refiere a la capacidad de nombrar y gestionar las propias emociones, y de relacionarnos con los otros constructivamente, la segunda puede definirse como la capacidad de trascender el yo, separando la conciencia de los pensamientos. La inteligencia espiritual dotaría a las personas de las siguientes capacidades:
En concreto, en los últimos años se está prestando una atención especial al cuidado de la "inteligencia emocional", con todas sus repercusiones, y más recientemente aún, a la "inteligencia espiritual". Si la primera se refiere a la capacidad de nombrar y gestionar las propias emociones, y de relacionarnos con los otros constructivamente, la segunda puede definirse como la capacidad de trascender el yo, separando la conciencia de los pensamientos. La inteligencia espiritual dotaría a las personas de las siguientes capacidades:
- capacidad de reconocer, nombrar y dar respuesta a las necesidades espirituales;
- capacidad de trascender la mente y el yo: somos más que la mente;
- capacidad de separar la conciencia de los pensamientos;
- capacidad de percibir la dimensión profunda de lo real;
- capacidad de percibir y vivir la Unidad (No-dualidad) que somos.
De un modo
sencillo, podría decirse que la inteligencia espiritual es la capacidad de leer
la realidad desde su dimensión más profunda y vivir en coherencia con ello.
Pero más allá, incluso, de las definiciones que podamos dar, lo que parece
innegable es que –como ha escrito Francesc Torralba- el ser humano,
independientemente de su credo religioso o adscripción confesional, sea
religioso o no, "padece unas necesidades de orden espiritual que no puede
satisfacer ni desarrollar, si no es cultivando la inteligencia espiritual".
La inteligencia espiritual abre ante nosotros un horizonte ilimitado, que nos permite ubicar todo lo que ocurre en su verdadero contexto. Nos capacita para ver en profundidad, superando la visión estrecha de una mente absolutizada. Es el cuidado de esta capacidad que llamamos inteligencia espiritual lo que nos va a permitir crecer en conciencia de lo que somos. Sin ella, no lograremos salir de la confusión ni del sufrimiento.
Esto nos hace ver también la importancia de cuidar esta capacidad en el proceso educativo de niños y adolescentes. De otro modo, les estaremos privando de una de las mayores riquezas con las que puede contar el ser humano. Afortunadamente, cada vez es mayor el interés de padres y educadores por ayudar a los niños y jóvenes a entrar en contacto con esa dimensión. De formas distintas, se está buscando el modo y las "herramientas" para que los más jóvenes puedan experimentar la dimensión profunda de la realidad, empezar a vivirse desde ella y comprobar que es "desde dentro" como se operan los cambios eficaces y donde se encuentra la felicidad.
En cierto sentido, esa demanda podría sintetizarse diciendo que, así como desde hace unos años se ha empezado a tener en cuenta la llamada "inteligencia emocional", quizás sea hora de abrirnos a la riqueza que aporta la "inteligencia espiritual". No hace mucho tiempo, un profesor de primaria me decía: "Cada vez tengo más claro que uno de los mejores servicios que podemos hacerles a los chicos es ayudarles a observar su mente". Lo que planteaba con esas palabras es claro: hay que trabajar el desarrollo de la mente, pero tienen que descubrir que son más que la mente.
Hablar de "inteligencia espiritual" no significa hablar de religión, sino de "interioridad", "profundidad", de "conciencia transpersonal, transmental o transegoica", de "no-dualidad". Significa experimentar que somos más que nuestros pensamientos y emociones y que, cuando accedemos a esa dimensión, todo es percibido de un modo radicalmente nuevo.
Cualquiera que entra por ese camino puede comprobar por sí mismo cómo la llamada "inteligencia espiritual" potencia capacidades como la serenidad, la observación desapegada de lo que ocurre, la ecuanimidad, la libertad interior, la compasión...
De hecho, en aquellos centros educativos en los que se ha empezado a trabajar la "educación de la interioridad", hasta los profesores más escépticos han terminado reconociendo que, tanto la vivencia personal de los muchachos como las relaciones entre ellos, se han enriquecido notablemente. Y que, para sorpresa de muchos, terminan siendo los propios alumnos quienes reclaman la práctica de la meditación, como modo de acallar la mente y aprender a vivir en el presente.
La inteligencia espiritual abre ante nosotros un horizonte ilimitado, que nos permite ubicar todo lo que ocurre en su verdadero contexto. Nos capacita para ver en profundidad, superando la visión estrecha de una mente absolutizada. Es el cuidado de esta capacidad que llamamos inteligencia espiritual lo que nos va a permitir crecer en conciencia de lo que somos. Sin ella, no lograremos salir de la confusión ni del sufrimiento.
Esto nos hace ver también la importancia de cuidar esta capacidad en el proceso educativo de niños y adolescentes. De otro modo, les estaremos privando de una de las mayores riquezas con las que puede contar el ser humano. Afortunadamente, cada vez es mayor el interés de padres y educadores por ayudar a los niños y jóvenes a entrar en contacto con esa dimensión. De formas distintas, se está buscando el modo y las "herramientas" para que los más jóvenes puedan experimentar la dimensión profunda de la realidad, empezar a vivirse desde ella y comprobar que es "desde dentro" como se operan los cambios eficaces y donde se encuentra la felicidad.
En cierto sentido, esa demanda podría sintetizarse diciendo que, así como desde hace unos años se ha empezado a tener en cuenta la llamada "inteligencia emocional", quizás sea hora de abrirnos a la riqueza que aporta la "inteligencia espiritual". No hace mucho tiempo, un profesor de primaria me decía: "Cada vez tengo más claro que uno de los mejores servicios que podemos hacerles a los chicos es ayudarles a observar su mente". Lo que planteaba con esas palabras es claro: hay que trabajar el desarrollo de la mente, pero tienen que descubrir que son más que la mente.
Hablar de "inteligencia espiritual" no significa hablar de religión, sino de "interioridad", "profundidad", de "conciencia transpersonal, transmental o transegoica", de "no-dualidad". Significa experimentar que somos más que nuestros pensamientos y emociones y que, cuando accedemos a esa dimensión, todo es percibido de un modo radicalmente nuevo.
Cualquiera que entra por ese camino puede comprobar por sí mismo cómo la llamada "inteligencia espiritual" potencia capacidades como la serenidad, la observación desapegada de lo que ocurre, la ecuanimidad, la libertad interior, la compasión...
De hecho, en aquellos centros educativos en los que se ha empezado a trabajar la "educación de la interioridad", hasta los profesores más escépticos han terminado reconociendo que, tanto la vivencia personal de los muchachos como las relaciones entre ellos, se han enriquecido notablemente. Y que, para sorpresa de muchos, terminan siendo los propios alumnos quienes reclaman la práctica de la meditación, como modo de acallar la mente y aprender a vivir en el presente.

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