Denkô Mesa
La etimología del
término latino serenidad proviene del griego sosegar, entendido como “hacer descansar o asentarse”, verbo que
deriva del infinitivo sedere y que puede
traducirse como “estar sentado”. Es curiosa ver la similitud semántica con el principio
de estar sentado, lo que tiene mucho que ver con la meditación, un ejercicio
apacible de verdadero descanso cuando uno deja de pelearse por esto o lo otro.
En la tradición zen
se insta al practicante a que permanezca en un estado de recogimiento interno y
participando activamente a la vez con todos los acontecimientos. Por ello, la
práctica de la atención serena no puede reducirse únicamente al hecho de estar
sentados de cara a la pared, sino que igualmente se enseña esta actitud
correcta al caminar, estar de pie o al acostarse incluso. La palabra japonesa zazen está compuesta por dos vocablos: za
significa “sentar” y zen significa “pensar tranquilo” “contemplación
estable”. Aquietar tu condición interna es ZEN. Aquietar la condición externa,
la condición física, es ZA, “sentar”. Lo opuesto de ambos es corretear de un
sitio a otro.
El desperdicio del
tiempo ocurre frecuentemente cuando correteamos de un sitio a otro y agotamos
nuestras energías. El peor enemigo de la serenidad ha sido siempre el excesivo
predominio del racionalismo individualista. La mente sin serenidad está
enferma. La razón acompañada de la serenidad nos permite descubrir que dentro
de nosotros mismos tenemos una realidad que va más allá de los
pensamientos. El déficit en voluntad y
en serenidad de la sociedad actual nos conduce a un gran sufrimiento y a graves
trastornos que afectan al ámbito de lo psicológico, social, educativo,
político, económico, planetario…
La persona serena
conserva la calma sin desesperarse, ni desanimarse. Enfrenta los problemas uno
a uno, estudiando a fondo cada asunto y tomando alguna decisión. Después actúa
con precisión y certeza. La serenidad va de la mano de la ponderación y de la
objetividad. No hace tragedia de pequeños sucesos negativos. No dramatiza. Mira
los sucesos con realismo, con ánimo positivo. Como dijo Epícteto:
“De todas las cosas del mundo, unas
dependen de nosotros y otras no. Dependen de nosotros nuestros juicios y
opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones y
nuestras aversiones: es decir, todos nuestros actos.”
La serenidad es la
capacidad de mantener centrada tu atención, en medio de la dificultad, en
aquello que para ti es una prioridad. Haz que el instinto madure en voluntad
consciente y lo emocional madure en serenidad ecuánime. Éste es el camino para
conseguir una mente equilibrada. Todos tenemos la capacidad de reeducar la observación
porque una mirada amplia y sin centramiento genera un mundo disperso. Para ello
es necesario una buena base y un buen tono del vehículo transmisor; si no lo
conseguimos, el esparcimiento inconsciente seguirá hablando por nosotros. He
aquí el fundamento de la práctica meditativa, lo que vengo a llamar solidez
dinámica.
Otro factor que nos
ayuda a desarrollar la serenidad es establecer un ritmo ordenado y armonioso en
nuestro día a día. Esto disminuirá nuestra ansiedad de que las cosas comiencen
o terminen según nuestras expectativas, casi siempre sin fundamento real. Así,
podemos canalizar la atención, el pensamiento y el sentimiento en el ahora y no
en el futuro que imaginamos. Es la serenidad, el silencio y la soledad lo que
desenmascara nuestro yo, pues es la actividad lo que alimenta la personalidad y
la gratificación, lo que hace al ego sentirse importante.
El maestro y el discípulo emprendieron
un apacible paseo por el campo al atardecer. Caminaban tranquilamente, uno al
lado del otro, en silencio. De súbito, el discípulo interrogó a su mentor:
- ¿Puedes instruirme en la verdad?
El maestro preguntó:
- ¿Escuchas el trino de los pájaros y el
rumor del torrente?
- Sí, maestro, los escucho -repuso el
discípulo.
Y el maestro dijo:
-
Entonces, amigo mío, no tengo nada que enseñarte.
En resumen,
podríamos concluir diciendo que se requiere de dos grandes fundamentos para
aminorar la intensidad perceptiva, la paciencia (control de calidad ante los
automatismos) y la energía (perseverancia mantenida a lo largo de la mirada).
La clave está en la actitud. Se trata de entregarse completamente y sin
reservas a la experiencia del presente, fundirse en lo que somos y estamos
haciendo, ser la vivencia, no hacer como si.

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