J
Denkô Mesa
En la
mitología budista se habla del reino de los pretas,
también conocido como el «reino de los espíritus hambrientos», que se basa en
el estado de ser posesivo y en el deseo. Ni siquiera obteniendo el objeto de su
deseo, pueden estas pobres criaturas hallar consuelo, ya que entonces se
satisfacen sólo momentáneamente, y pasado el instante de placer, su deseo se ve
reavivado y todo vuelve a empezar.
Estos seres
mitológicos somos nosotros mismos. Basta observar cómo nos dejamos atrás la
salud, identificándonos obsesivamente con esto o lo otro, tratando de acumular
bienes materiales para obtener una seguridad imposible. También la avidez se
manifiesta cuando corremos detrás de esa felicidad que creemos llegará cuando
finalmente en mi empresa reconozcan mi trabajo y me den el puesto que merezco,
o mi pareja me quiera tanto como yo a ella, o cuando me vean aparecer con el
flamante coche que he adquirido a base de un mayor endeudamiento familiar, o
vean cómo me queda de bien el culo con el último vaquero que he comprado en las
rebajas, o que me vean con el penúltimo modelo de telefonía móvil pegado a la
oreja.
Vivimos
como espíritus hambrientos, semiciegos ante supuestas maravillas que vende el universo
de la globalidad materialista, obsesionados con futuros logros que siempre nos salvan
desde afuera. Éste es el infantilismo del hombre moderno. Comúnmente, estamos
insatisfechos con demasiadas cosas. Si tenemos insatisfacciones, eso significa
simplemente que queremos más de lo que realmente necesitamos. Sin embargo, todos
nosotros somos recipientes que contienen la cantidad necesaria. Algunos más
grandes, otros más pequeños. No es una cuestión de cuál está bien o cuál está
mal, mejor o peor. Una cosa grande es una cosa grande; una cosa pequeña es una
cosa pequeña.
En el Sandokai se puede leer: «Cada
existencia tiene su utilidad. Úsala sea cual sea su posición. Fenómeno y
esencia se interpenetran». Por ejemplo, si observamos nuestro cuerpo, la mano
puede agarrar muchas cosas, pero si tratamos de hacerlo con nuestro pie, nos
será más difícil; agarra mucho menos. Las dos partes del cuerpo tienen
distintos potenciales para llevar o coger cosas, pero eso no hace que una sea
mejor que la otra. Significa que son diferentes. Es evidente que caminar con
los pies es mucho más fácil que caminar con las manos. Por tanto, saber cómo
estar satisfecho es tomar de acuerdo a nuestra capacidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario